El trabajo fue durante generaciones el principal espacio de socialización de los adultos. Ahí se conocía gente, se formaban amistades, se encontraban parejas. En este escenario ese espacio se ha vaciado: (Gallup, 2025) las reuniones ocurren por pantalla y se limitan a lo estrictamente necesario, la IA absorbe las tareas que antes obligaban a coordinarse con otros, los equipos se arman y se disuelven por proyecto sin tiempo suficiente para que nazca un vínculo, y cuando la jornada se acorta los horarios dejan de coincidir.
Se produce entonces una inversión inesperada. Son los jóvenes quienes reclaman volver a la oficina, porque el trabajo presencial es su principal mecanismo de socialización, y algunos llegan a la vida adulta sin haber aprendido a conversar con desconocidos.
El efecto no se queda en la oficina. Los vínculos que antes se sostenían en la coincidencia física dejan de formarse, y encontrar pareja o construir una familia se vuelve más difícil. Trabajadores que pasan jornadas enteras sin hablar con nadie desarrollan cuadros de ansiedad y depresión. (OMS, 2025) La demanda por acompañamiento psicológico supera con creces la oferta disponible, y las profesiones del cuidado emocional pasan a ser de las más cotizadas del mercado, precisamente porque son de las pocas que la IA no logra sustituir. En paralelo, el problema se vuelve medible en las cifras de la economía: licencias médicas por salud mental, caída de la productividad y rotación acelerada.
