Los sistemas de pensiones fueron construidos sobre un supuesto que deja de cumplirse: que las personas trabajan de forma estable durante treinta o cuarenta años, cotizando cada mes. Ese supuesto se rompe por varios lados a la vez. Si la jornada semanal se reduce a la mitad, las cotizaciones caen en la misma proporción. Si el trabajo se organiza por proyectos (OCDE, 2025) muchos trabajadores dejan de cotizar por completo. Si las horas adicionales se pagan por fuera del sistema formal, esos ingresos no dejan rastro previsional. Y mientras el aporte disminuye, la esperanza de vida se extiende, de modo que cada persona necesita financiar dos o tres décadas de retiro, con menos de lo que sus padres acumularon en cuarenta años de empleo continuo.
El resultado es una generación que llega a la vejez sin ingresos suficientes para vivir. No se trata de pensiones bajas, sino de pensiones que no cubren lo básico. Simplemente, la promesa de que una vida de trabajo asegura un retiro digno deja de sostenerse. Millones de personas en este escenario dependen de sus hijos, de redes comunitarias o de subsidios estatales que se financian con impuestos generales, en una economía que ya está tensionada por otras demandas.
